lunes, 12 de julio de 2010

Así Habló Zaratustra, de Friederich Nietzsche

En este clásico del llamado filósofo del martillo, Nietzsche presenta, en un lenguaje poético y enigmático, su visión del ideal humano que vislumbra que debe superar al mediocre ser humano que se ha instalado en occidente. Sus metáforas ácidas, sus imágenes sugerentes y fascinantes, invitan a una mirada distinta de la vida, más apasionada y auténtica, en lugar de la gris monotonía de esta era de hombres de plástico.
Un libro que nadie con suficientes las inquietudes y las ganas de vivir de verdad puede dejar de leer, incluso si al final cada uno toma un camino diferente al de Zaratustra.

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Un fragmento alterno...
En este libro aparece la famosa (y por cierto, muy incomprendida) frase "Dios ha muerto", y que no debe leerse textualmente (de hecho, literalmente es absurda, porque si dios existiera, ¿cómo podría morir?). Esa frase aparece por primera vez en otro texto de Nietzsche, La Gaya Ciencia, específicamente en un parágrafo titulado "El Loco", y que cito a continuación:

¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió al mercado gritando sin cesar: «¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!». Como precisamente estaban allí reunidos muchos que no creían en Dios, sus gritos provocaron enormes risotadas. ¿Es que se te ha perdido?, decía uno. ¿Se ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿O se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado? -así gritaban y reían todos alborotadamente.
El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. «¿Que a dónde se ha ido Dios? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos, cuando desencadenamos la tierra de su sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No nos caemos continuamente? ¿Hacia adelante, hacia atrás, hacia los lados, hacia todas partes? ¿Acaso hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No viene siempre noche y más noche? ¿No tenemos que encender faroles a mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No nos llega todavía ningún olor de la putrefacción divina? ¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! !Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo podremos consolarnos, asesinos entre los asesinos? Lo más sagrado y poderoso que poseía hasta ahora el mundo se ha desangrado bajo nuestros cuchillos. ¿Quién nos lavará esa sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos? ¿Qué ritos expiatorios, qué juegos sagrados tendremos que inventar? ¿No es la grandeza de este acto demasiado grande para nosotros? ¿No tendremos que volvernos nosotros mismos dioses para parecer dignos de ellos? Nunca hubo un acto más grande y quien nazca después de nosotros formará parte, por mor de ese acto, de una historia más elevada que todas las historias que hubo nunca hasta ahora.» Aquí, el loco se calló y volvió a mirar a su auditorio: también ellos callaban y lo miraban perplejos. Finalmente, arrojó su farol al suelo, de tal modo que se rompió en pedazos y se apagó. «Vengo demasiado pronto -dijo entonces-, todavía no ha llegado mi tiempo. Este enorme suceso todavía está en camino y no ha llegado hasta los oídos de los hombres. El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de los astros necesita tiempo, los actos necesitan tiempo, incluso después de realizados, a fin de ser vistos y oídos. Este acto está todavía más lejos de ellos que las más lejanas estrellas y, sin embargo, son ellos los que lo han cometido.» Todavía se cuenta que el loco entró aquel mismo día en varias iglesias y entonó en ellas su Requiem aeternam deo. Una vez conducido al exterior e interpelado contestó siempre esta única frase: « ¿Pues, qué son ahora ya estas iglesias, más que las tumbas y panteones de Dios?».



Tao Te King, de Lao Tzé

Un verdadero clásico imperdible de la filosofía oriental, el Tao Te King de Lao Tzé, en cuyas páginas se sugiere el sentido profundo de las cosas, un modo sereno de vida y armonioso con todos los seres, y la virtud que conduzca a los hombres a una felicidad plena y auténtica. Sus textos enigmáticos sugieren más que dicen explícitamente, pero justamente allí está la riqueza de este libro. No es un libro para ser devorado a toda prisa: cada fragmento debe ser leído con calma y ser degustado con paciencia, permitiéndo que la intuición (no la razón) perciba el sentido de sus frases.
En ese sentido, y dado que aquí encontramos un lenguaje ante todo simbólico, son pertinentes las palabras de quien decía que "los símbolos son dedos que apuntan a la luna - hay que mirar a la luna, no al dedo".

Un fragmento del Tao Te King:

XVI

Alcanza al máximo el vacío.

Conserva la firmeza de la paz.
Nacen las cosas innumerables,
pero las veo volver a su reposo.
Las cosas tienen desarrollos florecientes
y cada una retorna a su raíz.

Volver a la raíz es encontrar el descanso,

descanso que significa nuevo destino;
nuevo destino es durar constantemente;
conocer lo constante es la iluminación;
no conocer lo constante es caer en la ceguera y el desastre.

Quien conoce lo constante es tolerante,

el tolerante es justo con todos;

siendo justo con todos es universal,
lo universal es el ritmo del cielo;
lo que está conforme con el cielo, lo está con Tao.

Lo que está conforme con Tao perdura eternamente

y toda su vida está fuera de peligros.

Adjunto versión descargable. La traducción no es la mejor (sugiero la de Gastón Soublette), pero lo bueno de esta edición es que incluye un prólogo que pone el texto en su contexto (quien quiera se lo puede saltar), y notas aclaratorias para cada parágrafo.

Descarga el texto desde:
http://www.upasika.com/docs/china/Lao%20Tse%20-%20Tao%20Te%20Ching%20Ferrero.pdf